La concepción de bienestar de los jóvenes varía de acuerdo a los entornos y las etapas que atraviesan, por lo que sus percepciones se contextualizan y se recogen sus cambios y continuidades en dos de las rondas cualitativas. Durante la primera (2007), estos chicos y chicas empezaban la secundaria, mientras que en la tercera (2011), muchos la concluían y transitaban al mundo adulto.
Los jóvenes destacaron como indicadores de bienestar, en ambas rondas, el mantener una buena relación con sus padres y contar con buenos amigos. Asimismo, en zonas urbanas y rurales, resaltaron el acceso a la educación y el buen desempeño académico, además de gozar de una situación económica holgada.
En cambio, en las dos rondas, ellos coincidieron en que la pérdida del apoyo de sus padres – por muerte o discapacidad – como el principal riesgo a su bienestar. También identificaron como amenaza ser posibles víctimas de violencia, emocional o física, en la casa o en la escuela.
De otro lado, principalmente en áreas rurales, más varones dijeron en el 2011 que el trabajo podría amenazar sus estudios, pero también lo señalaron como medio para afrontar la pobreza familiar, además de fuente de adquisición de habilidades. Aunque el embarazo adolescente ya había sido indicado por los jóvenes como un riesgo en ambas rondas, en el 2011 lo mencionaron con más frecuencia por su edad en tránsito a la adultez.
En general, los adolescentes expresaron que su bienestar depende de múltiples factores, muchos vinculados a la educación, y donde juegan un papel relevante la familia y los pares. Esperaban oportunidades para educarse tras acabar el colegio, y obtener trabajos mejor remunerados que los de sus padres. Los jóvenes se veían como dueños de su vida, capaces de superarse y darse, a ellos y a sus familias, mayor bienestar.