En el Perú, la pandemia del covid-19 no solo causó muertes y generó efectos de largo plazo en la salud, sino también un retroceso en el desarrollo humano de la juventud: las limitaciones en el acceso a la educación y al trabajo decente tuvieron consecuencias significativas en el bienestar y la salud mental de las personas jóvenes, especialmente de las mujeres. Los resultados más recientes, de la ronda 7, evidencian una recuperación parcial en dimensiones específicas –como el acceso a empleo–, mientras que los impactos de la pandemia sobre el bienestar y la salud mental continúan siendo notorios. Este constituye un tema que, lamentablemente, recibe escasa atención desde la investigación y las políticas públicas.

Los resultados de la ronda 7 de encuestas han permitido documentar las trayectorias de los integrantes de la cohorte menor hacia la adultez en comparación con los de la cohorte mayor, recogidos siete años antes. Por un lado, se identificaron áreas de progreso, incluyendo mejoras en el logro educativo reflejadas, por ejemplo, en un aumento en la probabilidad de completar la secundaria a la edad normativa. Asimismo, se documentó una reducción en la prevalencia del matrimonio infantil y el embarazo adolescente; sin embargo, a pesar de estos avances, la población nacida en hogares con menores recursos sigue enfrentando problemas. Además, nuevamente se identificaron desafíos importantes relacionados con desigualdades estructurales: solo una pequeña proporción de las y los jóvenes logran acceder a un empleo en condiciones adecuadas, y en la participación en el mercado laboral se mantienen amplias brechas de género en contra de las mujeres. Más aun, se documentaron desigualdades de género importantes en el trabajo dentro del hogar. También se identificaron desafíos en el ámbito de la salud y la nutrición. Las cifras de inseguridad alimentaria siguen siendo altas, mientras que el sobrepeso y la obesidad entre las y los jóvenes continúa en aumento, al igual que el riesgo de complicaciones asociadas, como las enfermedades crónicas no trasmisibles. Ambos problemas tienen implicancias relevantes en el bienestar de la población, el capital socioeconómico y la sostenibilidad del sistema de salud. Por otro lado, la prevalencia de síntomas de depresión y ansiedad es muy alta entre los jóvenes, especialmente entre las mujeres jóvenes. Si bien estos resultados pueden estar relacionados en parte con los efectos del covid-19, es altamente probable que también se vinculen con desigualdades estructurales. La evidencia cualitativa de la ronda 5 (2023) permite profundizar en estas tendencias, mostrando que las y los jóvenes del estudio conciben el bienestar en la vida adulta como la posibilidad de “salir adelante”, alcanzar estabilidad económica y emocional, y contribuir al bienestar familiar. Sin embargo, este significado se transforma a lo largo del ciclo vital: mientras en la adolescencia se asociaba principalmente con el estudio y las aspiraciones de movilidad social, en la adultez temprana se vincula con la autonomía y el equilibrio entre responsabilidades y satisfacción cotidiana. La pandemia del covid-19 alteró de manera significativa estas percepciones. Hombres y mujeres expresaron una sensación de inestabilidad y pérdida de control sobre sus trayectorias, marcada por la interrupción de los estudios, la dificultad para acceder a empleos estables y la incertidumbre económica del hogar. La educación virtual, aunque permitió sostener la matrícula, fue vivida como una experiencia exigente y solitaria que redujo la motivación y afectó la confianza en las propias capacidades.

Entre las mujeres, estos efectos se manifestaron con mayor intensidad: muchas vincularon el deterioro de su bienestar con la sobrecarga de tareas domésticas y de cuidado, el aislamiento y la falta de tiempo para ellas mismas, lo que amplió las brechas de género en educación y trabajo. En conjunto, los hallazgos sugieren que la crisis sanitaria reconfiguró las trayectorias juveniles y expuso vulnerabilidades que hicieron de la transición hacia la adultez un proceso más retador y emocionalmente complejo, sobre todo para las mujeres jóvenes. La nueva evidencia aquí discutida muestra con mayor claridad los desafíos para el desarrollo del país, especialmente cuando se adopta una perspectiva multidimensional del bienestar, que considera simultáneamente la salud, la nutrición, la educación, la pobreza y, en general, el bienestar de las y los ciudadanos.

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