Foto: Mariluz Aparicio / Niños del Milenio
Este texto relata las expectativas respecto a la educación que tienen los niños, niñas y sus padres de una de las comunidades del Perú donde el estudio Niños del Milenio/Young Lives los sigue en profundidad (el último blog del portal internacional lo recoge: The Child Poverty and Development blog). Dicho texto también es parte del libro “Cambiando la vida de los niños” (solo disponible en inglés: Changing Children’s Lives) que, además de reflexionar sobre las oportunidades y riesgos que tienen los niños, compila diversos testimonios de los niños y jóvenes que son visitados periódicamente por Niños del Milenio/Young Lives:
El incremento de las aspiraciones educativas de los niños, niñas y jóvenes que sigue el estudio Niños del Milenio/Young Lives son uno de los cambios más prominentes entre aquellos y sus padres. Los niños y sus familias de los cuatro países ven la educación como una ruta para salir de la pobreza y obtener una mejor vida a través de la movilidad social.
Nosotros hemos estado mirando cómo las vidas de los niños, jóvenes y sus hogares están cambiando con la expansión de la escolaridad y las implicancias para los chicos que no pueden alcanzar las expectativas que se tenía sobre ellos.
Andahuaylas* es un pueblo quechua hablante, en el sur andino del Perú, con una población de 2,863 habitantes. La comunidad es principalmente agrícola, y predominantemente productora de papa y de maíz. Se caracteriza por altos niveles de migración estacional, particularmente entre los meses de noviembre y febrero, en que finalizan las vacaciones escolares y los chicos suelen trasladarse temporalmente a otros lugares para trabajar ( en esos meses, su comunidad no está en época ni de siembra ni de cosecha). Este sitio ha crecido en los años recientes, y actualmente es considerado un poblado menor, lo que les da derecho a elegir a alcalde y su consejo municipal. Tiene un centro de educación inicial, una escuela primaria y un colegio secundario; también posee una posta de salud, que es atendida por un doctor y una enfermera.
Los padres valoran mucho la educación. Su deseo primordial es que los niños escapen del trabajo en la chacra, que está asociado con sufrimiento y faenas duras, para que tengan la oportunidad de alcanzar una educación superior e ingresar al mercado laboral como profesionales. Empero, dadas las limitadas oportunidades disponibles en esta pequeña comunidad, muchos niños y jóvenes deben migrar a las zonas urbanas para cumplir sus planes de trabajo o estudio.
Muchos padres o cuidadores realizan inmensos sacrificios para permitir que sus hijos se eduquen. La mamá de Marta, por ejemplo, lucha para cubrir los costos indirectos de la educación de sus hijos, como el transporte y los gastos de alojamiento puesto que ellos estudian fuera de su comunidad. Ella incluso está obligada a renunciar a parte de su capital cuando no le alcanza el dinero:
“Yo me preocupo cuando no tengo dinero, algunas veces no completo lo que necesito, y tengo que vender mis vacas… antes tenía suficiente dinero, yo vivía bien, ahora que mis hijos están estudiando no me alcanza el dinero, por eso me falta”.
Marta, de quince años, está asistiendo a una secundaria local, mientras que sus hermanos están yendo a un colegio secundario de la capital de la provincia, que es percibido como de calidad superior. Su mamá explica que ella no tiene suficientes recursos para enviar a su hija al mismo colegio. Marta espera que ella puede seguir estudios superiores y convertirse en una enfermera. Ella le dice a su mamá: “nosotros no vamos a sufrir en la chacra… es mejor que yo estudie”. Empero, aunque Marta aspira a migrar fuera de su comunidad y continuar estudios postsecundarios, ella es consciente de que su futuro es incierto. Por lo tanto, Marta ve que la educación secundaria le sirve para un doble propósito: progresar hacia los estudios superiores, pero también para adquirir capacidades que le permitan obtener ganancias a través de la venta de productos agrícolas, en caso no se cumplan sus deseos.
Las mayores aspiraciones educativas y laborales están crecientemente moldeando las relaciones entre los niños y sus padres o cuidadores. La mayoría de los padres están deseosos de que sus hijos terminen el colegio, y realicen estudios superiores, así como postergar el matrimonio y tener hijos. Esto contrasta notoriamente con sus propias historias de vida.
La mamá de Alvaro se casó a los 14 años de edad y tuvo su primer niño a los 15 años. Ella, en cambio, es más proclive a que su propio hijo, que tiene 16 años, no se empareje tan temprano porque “él no podría sustentarse [en la vida] con una esposa y sin estudios”. Esmeralda, que tiene 17 años, espera ir a la universidad. Ella afirma que “la gente joven ya no es como antes…ellos estudian, eso es todo…[Antes] ellos no estudiaban, ellos solo trabajaban, se casaban y eso era todo. Ahora, muchos están ingresando [a la universidad]”. Su mamá también está dispuesta que ella siga su propio camino: “Yo le digo a ella, ¨hija, primero termina los estudios…[después] habrá personas con las que te puedas casar¨.”.
Cuando los niños no pueden cumplir esas altas expectativas, los padres pueden decepcionarse, particularmente si ellos han hecho inversiones considerables en la educación de sus hijos. Atilio, por ejemplo, dejó la escuela y migró a Lima, donde trabaja en un mercado vendiendo comida. Su mamá siente que él ahora tiene menos oportunidades en la vida y va a terminar regresando a la chacra de su comunidad: “Toda su vida, el va a sufrir en la chacra”. Ella tiene la esperanza de que él se convierta en un profesional, y ahora cree que sus esfuerzos para asegurarle la educación fueron en vano, “Yo lo puse en una escuela de la capital de la provincia, [pero ahora parece] que lo mandé solamente por gusto”.
En este sentido, el grado de compromiso de los niños con la escuela es crucial para definir lo que significa ser un niño exitoso, así como moldea las migraciones de los que salen de la comunidad. Existe un estigma considerable vinculado a los niños que abandonan la escuela y trabajan en las chacras, tal como explica la mamá de Esmeralda, “Ellos no saben nada… si ellos no finalizan [el colegio], ellos no valen nada”