Foto: Lucero Del Castillo / Niños del Milenio
Por: Santiago Cueto
Tuve la oportunidad de asistir al reciente Simposio “Evaluación para el Aprendizaje Global” (Assessment for Global Learning), organizado por el Banco Mundial, a propósito de la cercanía del año 2015, establecido como plazo para diversas metas que se fijaron para la educación, entre otros sectores. En la reunión hubo una gran discusión y una opinión generalizada entre muchos participantes de que estamos enfrentando una crisis de aprendizaje, que necesita ser atacada agresivamente por los países y la comunidad internacional.
Los Objetivos del Milenio (ODM) de las Naciones Unidas (UN) establecieron la meta de que todos los niños y niñas accedan a la educación primaria el año 2015. La UN también ha promovido la campaña Educación para todos (EPT) desde el 2000. Ambos, ODM y la EPT, han promovido mejoras y la estadística disponible muestra un notable incremento en el acceso a la educación, aunque persisten significativas brechas entre países y al interior de estos. Empero, también existe abundante información que muestra que muchos niños no están aprendiendo habilidades básicas, tales como decodificar palabras o realizar simples sumas o restas. Por lo general, los niños pobres, indígenas y rurales son los que tienen más probabilidad de acceder a las escuelas de menor calidad y aprender menos que sus pares.
En el mundo se ha venido debatiendo intensamente qué objetivos educativos deberían plantearse post-2015, tema sobre el que se han escrito diversas publicaciones. La mayoría de opiniones se inclinan por el acceso (continuando con el principio de que todos los niños deben recibir educación inicial y terminar al menos la educación escolar) más el aprendizaje (es decir, asegurarse que todos los niños están aprendiendo en la escuela).
Existen sin embargo muchas preguntas alrededor del segundo aspecto: ¿qué deberían aprender los estudiantes? ¿Cómo medirlo? ¿Cuáles deben ser los grados de dónde se obtengan datos de aprendizajes? ¿Cuáles deberían ser las metas? ¿Cómo deberían ser esas mediciones para que sean comparables entre países y en el tiempo? y tal vez lo más importante ¿Cómo tendría que usarse esos datos para mejorar la calidad y reducir la inequidad en educación?
Una reflexión sobre el tema la hizo el estudio Niños del Milenio, cuando resumió recientemente la publicación Hacia un aprendizaje universal, del Grupo de Trabajo de Medición de los Aprendizajes (LMTF por sus siglas en inglés), un esfuerzo de UNESCO y Brookings, que promueve la campaña: acceso más el aprendizaje mediante la propuesta de 7 competencias de aprendizaje, 7 indicadores y 7 recomendaciones para su implementación. Estos criterios se tomaron en cuenta para las discusiones de la reunión del Banco Mundial.
Un primer factor de discrepancia es acerca de las áreas de aprendizaje que se debería priorizar. Los educadores argumentan que todos los dominios del desarrollo humano son importantes, mientras que los profesionales de otras disciplinas a menudo argumentan que evaluar todas las áreas del aprendizaje humano de manera estandarizada y con datos comparables entre países no es factible (al menos en el mediano plazo), por lo que las metas deberían enfocarse en lo que se considera el fundamento de los otros aprendizajes: lectura y matemática. Esto no debería excluir otras formas de evaluaciones (por ejemplo, en las aulas o evaluaciones estandarizadas nacionales). Quizá esa sería la manera de avanzar: cada país debería tener un plan de medición que cubra su currículo, pero internacionalmente necesitamos acordar un plan reducido que nos permita una acción colectiva; además, se deberían coordinar las evaluaciones nacionales e internacionales de manera que la información sea complementaria.
Un segundo factor de discusión gira acerca de cómo usar la información. Muchos países están usando exámenes con altas consecuencias (por ejemplo, el uso de resultados de estudiantes para sancionar o premiar a determinados actores o instituciones, por ejemplo despedir docentes o cerrar escuelas). Sin embargo, la investigación sugiere que este tipo de medidas no son las más adecuadas por diversas razones. El principal argumento contra las evaluaciones de altas consecuencias es que incentivan todo tipo de comportamientos en que se prioriza el afán de conseguir mejores resultados en los exámenes, y se relegan las metas de aprendizaje y educación, es decir se entrena para la prueba. La ley de Campbell fue citada como un principio que explica las consecuencias negativas de los exámenes clasificatorios: “A mayor uso de cualquier indicador social cuantitativo (incluso algunos cualitativos) para tomar decisiones, más susceptible será de recibir presiones para corromperse y mayor su posibilidad de que distorsione y dañe los procesos sociales que pretende monitorear.”
Los usos formativos de bajas consecuencias de las evaluaciones serían la alternativa (por ejemplo, usar la información para decisiones de políticas públicas), pero la tarea de cómo usar la información de los exámenes para el diseño de políticas públicas informadas requiere mayor debate, especialmente para países pobres que frecuentemente tienen bajos niveles de aprendizaje y alta inequidad. Las evaluaciones nacionales e internacionales solo deberían realizarse luego de planificar las formas en que se las utilizará para mejorar la educación.
La conferencia terminó con un sentido de urgencia acerca de la necesidad de producir indicadores de aprendizaje, al menos en algunas competencias básicas en determinados grados escolares. Me parece importante que continuemos el diálogo entre la evidencia empírica y la política pública que recién ahora empieza a ser fructífera. Se espera que los países no solo planteen indicadores promedio para los aprendizajes, sino también para cerrar las brechas de aprendizaje al interior de los países entre diversos grupos, particularmente entre pobres y no pobres.